Tag Archive: literatura


JAZZ, NOCHE DE LLUVIA

Enigmas opuestos improvisan.

Sobre-cama

Dos miradas parten (buscando),expuestas(,)

A la nada.

 

Puertos que esperan por los dos,

Calladas dudas.

Esperas que se vuelven laberinto,

Búsqueda sin mapas.

 

Soles, lunas, van y vienen

Sostenes desatados

Caricias en derroche

Al compás

De la música

Y la noche.

 

Suena un saxo,

En (el) silencio

Otro responde.

 

Dos callan (callamos) en la entrega

De nuestras miradas

Que

Al fin

Se encuentran.

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Entrevista con Yola yelou

Aquí les dejo el vídeo de la entrevista que nos hizo Luís Martín Gómez en su programa Yola yelou.

También el link que contiene una versión transcrita de la misma:

http://luismartingomez.blogspot.com/2012/02/josecarlos-nazario-me-apasiona-trabajar.html

Reencarnación

La segunda edición de Carne cruda fue publicada por Media-Isla, esfuerzo editorial que desde hace ya varios años lleva adelante René Rodríguez-Soriano.

Un viejo vegetariano encuentra la muerte al pedir un plato de carne en un bar. Elena visita la playa tras la muerte de su amante anoréxica. Oliverio no ve razones en la enfermedad de Yaya para deponer su egoísmo machista. Boquepeje paga el precio de haber sido un policía honesto en el momento equivocado. Esas y otras historias componen CARNE CRUDA.

COMPRAR EL LIBRO AQUÍ.

 

 

Superstar

A propósito de la semana tonta, les dejo este relato que publica Tomashotel.

http://www.tomashotel.com.ar/archives/4534

Mustafá (la muerte del texto)

No sabría describir bien la sensación (natural, intuyo) que tuve al leer la primera noticia sobre el nuevo Premio Alfaguara 2011. Me arropó un frío extraño y de repente un calor; algo más complejo que sentir la sangre recogerse e irrigar de golpe. Y es que cuando leí que la novela ganadora, de Juan Gabriel Vásquez, comienza con la fuga y caza de un hipopótamo del zoológico de Pablo Escobar no pude dejar de sentirme estafado por la suerte. Meses atrás yo había mandado al Premio Juan Rulfo mi relato Mustafá que tiene como trasfondo una historia bastante parecida. El texto era parte de una novela, pero habrá de ser olvidado por una (¿infeliz?) coincidencia. Pero bueno, tarde o temprano tenía que venir: la muerte del texto.

Aquí les copio:

 

Mustafá

Por Josecarlos Nazario

“Cuando las imágenes del animal muerto fueron mostradas en televisión nacional, rodeado de soldados sonrientes,  provocó indignación. Los colombianos se preguntaron por qué los animales no habían sido capturados y llevados al zoológico”, aseguró Jeremy McDermott, corresponsal de la BBC en Medellín.

Lunes. Abrí los ojos. Dejé detrás el vuelo turbulento, la noche y el calor. Me duché y me lavé los dientes fijándome en los hoyuelos del desagüe. Asomaba las antenitas un insecto. Al principio lo creí una cucaracha. Luego noté que eran antenas muy largas, demasiado largas. Una cucaracha, además, se habría ido con el agua. La alimaña se aferraba con todo y no se dejaba arrastrar por el agua y el jabón. Era inmune, también, al sudor que resbalaba por mi cuerpo en espuma. Cerré el manubrio y el agua cedió. Entonces, subió liberado en un movimiento de víbora. Rojo. Rápido. Era un ciempiés. Salí del baño y caminé hacia la cama desnudo, dejando correr un chorro por todo el cuchitril. Saqué del bolso un cuchillo y volví al baño. Tomé el cuchillo por la hoja (craso error) y golpeé la sabandija con el mango. Justo en la cabeza.

Justo en ese momento escuché los tres golpes en la puerta y salí a abrir. El portero me pidió que lo acompañara al teléfono. Tomé un albornoz de tela de toalla y lo acompañé goteando todo el pasillo. Del otro lado del auricular la voz del señor Piñera me informaba que el buque con el potro había llegado a las doce de la noche. Su chófer pasaría por mí en veinte minutos para ir a buscarlo. Y así sucedió. Me improvisé un vendaje para parar la sangre y me vestí.

Subí al Land Rover negro vestido con jeans y camisa a cuadros. No me afeité. No hubo tiempo.

Llegamos al muelle. Buscamos con cierta dificultad el buque ¨Norman¨. Lo encontramos. El chófer, maletín en mano, entró a la oficina del agente de Aduanas y listo. En menos de quince minutos hicimos entrada por un levadizo a la nave. Caminamos unos metros en la penumbra y llegamos al conteiner. De inmediato sentí el olor a mierda y a viruta. Recordé mi niñez, como siempre que recibo un nuevo ejemplar. Me fui a los establos de Medellín, donde crié lombrices y me nacieron los dientes. Abrimos el cerrojo y un resoplido nos interrumpió. Hablábamos de la distancia, del viaje. Al ver aquel potro tuve un presentimiento. Algo en su estampa me decía que no iría bien. Sus patas negras, las motas grises tan bien difuminadas en el blanco, me gustaron. Me enamoré de aquel caballo moro, de su porte y del brío que descubrí al primer movimiento.

Martes. A las ocho y media de la mañana entró en mi habitación el teniente Matos. Yo estaba fumándome un porro mientras vendaba mi mano. Había abierto la ventana para no concentrar el vaho. La habitación era pequeña. El tipo tocó la puerta y abrió con violencia, como buen guardia. No me dio tiempo para apagar la marihuana. Me preguntó de dónde. Dije que hay cosas que no se dicen. Que esperaba de él el mismo trato. El teniente Matos es el chófer del señor Piñera. Sabe de todo un poco, menos de mí. De mi no sabe nada, excepto que fumo yerba en las mañanas. Ayer salimos del muelle, tras enganchar el trailer y no paró de hablar hasta llegar a la finca: casi dos horas de camino. La vuelta igual. Por eso no registré nada más. Llevamos el caballo a un rancho. Me dijo que no me quedaría porque aún no habían habilitado el espacio. Pero que el viernes estaría todo listo. Igual le dije que antes de comenzar a trabajar el caballo debía sentirse en su sitio. Y que eso tomaría al menos una semana. Dejé instrucciones a un peón para que diera picadero y el resto fue estar de vuelta. Pero me estoy desviando. Matos se dio vuelta tras decirme que el señor Piñera quería que fuera con la licenciada Morelia a conocer el potro. Era un regalo para ella. No me dijo cuando. Seguí chupando, botando el humo por la boca y la nariz. Pensando. Luego salí al cyber de la esquina.

Dos hipopótamos deambulan por las riberas del río Magdalena. Las autoridades no dan con el paradero de los peligrosos animales. Sin embargo, ya superan la docena quienes dicen haber visto o escuchado estos animales salvajes. No se conoce más que detalles inexactos, inconexos. La policía, los organismos ambientales y los pobladores están alertados…

La comida no estuvo mal. Todo distinto a mi Medellín, pero sabroso. La ciudad no me gusta. Huele a ruido. Quiero terminar los trabajos que me han encomendado. Quiero irme y todavía no he comenzado. Me tomará unos meses lograr mi objetivo. Espero que el campo sea distinto.

Salí a caminar un poco. El calor me hizo regresar. No me gusta Santo Domingo.

La cena me la trajeron al cuarto sin pedirla. El patrón ordenó servicio completo, dijo el muchacho. Llamé al celular del peón para saber cómo iba el potro. No había novedad. Caí muerto de cansancio. Necesito una mujer.

Miércoles. El reloj despertador hizo lo suyo. Debía alistarme temprano y estar a la espera. Iría con la señora Morelia al rancho. No fue así. Esperé toda la mañana, la tarde y la noche. Las tres comidas llegaron. Ella no.

Jueves. No había notado que había escrito ¨patrón¨. El señor Piñera llamó a la mañana. Pidió excusas por la falta de ayer. Y qué importa. Me están pagando igual. Estoy para eso. Acaso no vine de Colombia para hacer lo que le plazca. Vine dispuesto. Fui contratado para entrenar a ese potro y para eliminar un objetivo desconocido. Ambas cosas conciernen al señor Piñera y yo espero lo que tenga que esperar. Las tareas y el tiempo muerto van incluidas en mi contrato. ¿No es así?

El patrón informó que sería el fin de semana cuando la licenciada Morelia visitaría la finca y conocería la sorpresa. Yo dije sí en cada uno de sus silencios y colgué el auricular. Mañana me reubican.

Viernes. No pude esperar el despertador. A las seis de la mañana estaba en pie, ansioso. Dispuesto a todo por llegar al centro de Internet. Me di un duchazo y me vestí. Recogí toda mi ropa. Dejé todo listo y salí. La calle estaba limpia de gente, sucia por la noche, la gente de la noche. Esos que no estaban y que volverán para llevarse una puta, para servirse un pase, para tirar los cartones de jugo, las cáscaras de guineo y los condones viscosos.

El cyber no había abierto. Caminé cuatro cuadras más y desayuné un mangú con huevo. Jamás había probado algo así. Una pasta de plátano, extraña, con un sabor salado. Remojada en la yema líquida. Caminé de vuelta y paré en la librería. No había uno sólo de los libros de Mankell. Compré un libro de cuentos de un tal Armando Almánzar. No es un nombre de escritor. No tengo que explicar prejuicios, pero así como yo no tengo nombre de sicario, ese señor, tampoco…

Por fin llegué. Pedí una máquina.

Severino vio un toro muerto en el agua. Se dejó acercar por la corriente. El sol del medio día picaba en la nuca. No había pescado nada. La corriente estaba alta y rápida. Al acercarse se dio cuenta que no podía ser un toro, demasiado grande. Entornó los ojos para ver mejor lo que ahora suponía un árbol. El sol no dejaba ver. Agarró el remo para evitar cualquier percance, y con la brusquedad con que remó para evitar el choque, el tronco se espantó. Lo espantó. Y abrió una boca gigantesca de dientes redondos. En todos sus años, Severino no había creído en el diablo. Se había visto con el culo chiquitico varias veces. Cuando los paramilitares incendiaron su aldea, cuando un grupo de narcos le quitaron los pescados que llevaba a Puerto Olaya, cuando lo picó una serpiente y se creyó el personaje de Quiroga río abajo. Nunca rezó. Pero mientras le daba los remazos al agua, con fuerza y velocidad que desconocía tener, el viejo pescador recobró la fe y rezó hasta llegar a un lugar seguro. Nunca pensó que el diablo estaría en un río; menos en el Magdalena.

Volví a la habitación. En la mesita de noche había una nota que ponía en letra casi ilegible: A las 12 lo vienen a buscar. Hice tiempo leyendo los cuentos de Almánzar. Y a las doce menos diez tocaron mi puerta. Tomé el bulto, el abrigo y salí.

A la finca llegamos a las tres. Dos paradas nos demoraron. Una para comprar vitaminas en una veterinaria. Otra para comer chicharrones de cerdo.

Bajé del todo-terreno y sentí el suelo pastoso. Había llovido. El sol estaba afuera y en el potrero, el moro correteaba de un lado a otro.

Ven, ven, lo llamé. Se acercó como en hipnosis. Supe que haríamos un buen trabajo.  El teniente me llamó para indicarme dónde estaría mi habitación. Dónde había un arma para cualquier imprevisto. Luego me indicó que el peón me enseñaría el resto. Se montó en el vehículo y arrancó haciendo saltar lodo.

Fui al baño. Salí. Llamé al peón por su nombre. Héctor. Un peón no puede decirle peón a otro. Un teniente sí. Debe aparentar distancias que no son ciertas. Pero sucede que este se llamaba Peón. Héctor Peón, me dijo la primera vez que nos vimos. Lo había olvidado. Salimos a caminar las tierras del señor Piñera.

Nos cogió la noche y regresamos. Hermosa finca. A unos dos kilómetros de la casa hay una especie de colina. Al cruzarla, se ve un valle donde un árbol da sombra. Ahí, dije, señalando. Ahí es donde quiero trabajar.

Después de cenar caí rendido.

Sábado. Me despertó el sonido del motor de un vehículo. Abrí la ventana. Eran las seis de la mañana y el sol aún no salía. La luz de los halógenos contrastaba con las luces que veía en las montañas. Fueguitos dispersos con humo blanco. O así parecía en la oscuridad. El vehículo se acercaba y pude ver, con la claridad de su avance, como el potro galopaba a su lado. Altivo, elegante. Sonreí. Me puse las botas de trabajo y me lavé los dientes. Peón tocó mi puerta. Es la señorita Morelia, dijo. Me quité las botas mordiendo el cepillo y me di un baño. Me vestí de caqui y me emboté de nuevo. Salí sin sombrero y saludé.

Una mujer de facciones finas, raras, me devolvió el saludo con una sonrisa. Y se volteó. Trotó, agitando las nalgas, hacia la verja. El potro se alejó del poste, espantado. Y corrió de nuevo a lo largo del camino. Ella me llamó por mi nombre. Estaba informada de todo. De casi todo.

Cómo se llama, me dijo. Como usted decida. Detrás, un hombre bajo y pesado cargaba cosas hacia dentro. Era su equipaje.

Manejaré la oficina desde aquí la mitad de la semana. ¿De acuerdo?

No estoy para ese tipo de respuestas, le dije.

Hizo una mueca parecida a una sonrisa.

Aquí soy un invitado más. Un invitado a sueldo, dije, sonriendo, con más nervios que sinceridad.

¿Le gusta la finca?

Si, dije, el señor Piñera tiene bonitas tierras aquí.

Esto no es del señor Piñera. Es mío.

En sus palabras había una altanería sensual. Niña rica, pensé. Pero me tragué el pensamiento al ver ese brillo en su mirada. Sus ojos no expresaban inmadurez ni mal-crianza. Era una mujer podrida por dentro. Conocía esa mirada. Es la misma mirada de los niños que crecieron conmigo. Es la mirada de la injusticia en las tripas, de la desesperanza, del miedo. Ella tenía la mirada de los huérfanos de Medellín. La misma que yo veía al espejo. La que recordaba en mis noviecitas cada vez que jalaba el gatillo. La mirada de una miseria engullida por decisión ajena.

Quité mis ojos de los suyos y dije: Cuando salga el sol vamos a darle un baño. ¿Ha montado usted alguna vez?

Nunca. Para qué cree que estoy aquí.

Miré al potro y pensé que el trabajo sería doble. Triple (¿verdad, señor Piñera?).

Media hora pasó. Busqué un lazo y tiré del potro. A regañadientes se dejó atraer. Planeaba ponernos en aprietos. El guiño, la cortesía de venir a mi llamado fue una jugada sucia. Ahora me hacía ver como un inexperto que no sabe controlar a un potro irreverente. Colombia, la tierra que nos une (al potro y a mí), está llena de jugadas sucias.

Lo rociaba con la manguera mientras Peón lo enjabonaba. El potro halaba, corcoveaba, clavaba sus cascos en la tierra y se paraba en dos patas. Peón corría temeroso ante cualquier brinco. Luego decidí llevarlo a caminar de la mano. Mientras, ella miraba desde la galería. Me detuve en su figura diminuta ante ese caserón pintado en blanco. Era la felicidad. Observaba cada movimiento del potro. Tenía tallada una sonrisa en los labios, pero no concedía mucho, solo esa pequeña mueca.

Cuando el potro se secó lo até a un poste de la entrada. Le hice señas para que viniera. Ella seguía mirando absorta, ahora el horizonte o las montañas. La llamé.

Morelia, me corrigió. No soy casada para que me digan señora.

Hice silencio.

¿Quiere pasarle la mano?

No dijo nada. Extendió el brazo y fue a tocarlo justo en la barba. El potro se inquietó. Dio dos zarpazos violentos con las ancas delanteras. El resoplido, casi un bramido, la hizo retroceder. Vi un terror ilógico en su cara. No era el potro, había un recuerdo. Conozco esa mirada.

Le tomé la mano a la patrona. Y sostuve con suavidad su muñeca. La dirigí hacia el cuello. Sentí, a través del vendaje, cómo se resistió al tacto, con el temblor del caballo.

Le hace cosquillas, dije.

Pero le gusta, pensé. Le gusta como me gusta. Y seguí guiando su mano diminuta, sintiéndola dejarse llevar por las curvas del animal. Cerré los ojos. Le gusta como me gusta, repetí. Sentí el contorno bajando por la panza. Seguí. Subí de nuevo. Pasé su mano por las nalgas, hasta llegar a las ancas. Volví al lomo, subí por el cuello hasta llevar la mano a la cabeza. Rozamos juntos su nariz húmeda y suave. Solté su mano pero no abrí los ojos. Respiré hondo. Los abrí cuando ella me tocó el hombro para enseñarme la bestia parada de la bestia. Y dije, o pensé, no puedo distinguirlo: Como yo.

Domingo. Después de cena. Anoche. Saludé a Morelia y me retiré a la habitación. El libro de Almánzar terminó temprano. Ya no tengo nada qué leer.

Caí al pasar la última página. Soñé con Morelia. Soñé que pasaba su mano tierna por mi cuerpo. Que me miraba con esos ojos gatunos y decía un nombre: Mustafá. En el sueño me llamaba así.

Al despertar, en plena madrugada me encontré con que había olvidado ese nombre. Había olvidado el sueño por completo. Recordé cuando esta mañana vi a Morelia en el desayuno. Esos ojos… No dije nada. Hablamos del clima y de las cosas que hablan los desconocidos. Pero noté que algo había cambiado en su expresión. Menos tensión.

Comencé a trabajar con el potro. A darle picadero. A pasarle el cepillo para acostumbrarlo al contacto. Los primeros pasos para domesticar a un animal son los más difíciles. Hace falta un pacto con natura. Como cuando se va a matar a una persona. Eso lo aprendí de don Pablo. Hay que pactar con natura. Un trato con el plomo. Hablarle a la bala. Acariciar el hierro. Pero una pistola no es un ser vivo, le dije yo. Todo es un todo, decía. Este es un pedazo de metal que salió de la tierra, decía agarrándose el cinto. Todo es un todo, decía yo este domingo en que iniciaba la faena retando las creencias viejas. Imponiendo las nuevas formas de adoración. Clamando. Pactando. Cediendo y ganando. Rezando al dios rocín, al dios pistola. Confiándole la suerte a natura, que es un todo.

Domingo. No he podido escribir en toda la semana. El potro ha dado masita y conconete, como dice Peón. He tenido que arreciar la intensidad. Recibí una llamada del señor Piñera al celular de Héctor (lo encontré extraño, pero mi trabajo lo es). Dijo que el tiempo terminaba en dos meses. He visto cosas, trabajando con don Pablo. Pero entrenar un caballo de paso en dos meses… Bueno. Aproveché para pedirle algún medio para acceder a Internet. Al otro día vino el teniente con una portátil. Tiene acceso a Internet por satélite. Seguí los pasos de mis chicos. Esta vez no lloré. Morelia ha traído algo distinto a mi vida.

Entre nosotros no ha pasado nada. He soñado con ella todas las noches de esta semana. Hemos cruzado a penas algunas palabras en cada comida. Esta mañana me habló de Colombia. Dijo que le interesaba conocer. Cambié de tema.

Lunes. Desperté a las cinco. Ya se ha hecho costumbre. Miré un rato por la ventana las cumbres encendidas. Los cocuyos, dice Peón. Héctor Peón, extraño personaje. Se mantiene entra y sale. Siempre tiene algo que hacer.

Abrí la computadora y accedí.

Nápoles. Así se llama la hacienda de tres mil hectáreas cuadradas desde donde partieron. Allí hay un paraíso donde el archifamoso narcotraficante Pablo Escobar decidió atracar y abrir las compuertas de su arca, un zoológico privado. El Noé de la cocaína murió en 1993 y a partir de entonces las bestias de su prado empezaron a morir de hambre o enfermedad ante el abandono del Estado. De esa situación escapó la pareja de hipopótamos que ha recorrido gran parte de la selva colombiana. Superando barreras que no logran cruzar las autoridades y derribando mitos, fronteras; uniendo dos puntas del país. Han sido vistos por campesinos, pescadores, guerrilleros (según informes recogidos de los hallazgos en el ordenador de Raúl Reyes) y personas que transitaban en la carretera. Son peligrosos y andan a la deriva. Se transportan por el río y salen de las riberas para alimentarse.

El resto fue un día de trabajo normal. La fusta en mano para controlar el paso. El pulso tenso. Ya la herida se secó. Mi mano sostiene el lazo sin miedos ni dolores.

Martes. El potro avanza. Ya lo ensillé. Lo monté una sola vez y me tiró. En el picadero encorva el cuello. Va tomando el paso. Creo que para la fecha indicada ya estará listo. Sospecho que es un milagro.

Morelia se fue a la ciudad. Dijo que volvería a mitad de semana. Yo no la espero. Le dije que se quedara. Que regresara en dos semanas cuando el potro estuviera listo para montar. El resto serían arreglos en el paso y la posición de la cabeza.

Mustafá, me dijo. Y yo quedé boquiabierto. El caballo se llama Mustafá.

Respiré hondo. No lo podía creer: todo es un todo. Bajé la cabeza, afirmando y miré mis botas enlodadas. Qué es esto, me dije.

Miércoles. Son las tres y cincuenta y cinco de la mañana. No he pegado ojo. No puedo sacarme de la cabeza sus palabras. No puedo dejar de pensar en ella. Su mirada. No sé por qué me lleva su mirada a aquellos días. Me voy con el pensamiento a aquella casucha chiquita, con techo de canas. Me voy al niño que bajó de su caballo, montado al pelo. Regreso a aquel momento. Abro de nuevo la puerta y encuentro a todos los vecinos, los primos, los tíos, las hermanas, los padres. ¡A todos! Los veo a todos sangrando por todas partes. Miro en una esquina la cabeza del abuelo. Por otro lado rueda su cuerpo. Veo eso. Sueño eso, despierto. Con los ojos tan abiertos. Con mis ojos. Lo veo todo.

Todo es un todo, decía don Pablo. Ese Pablo. El hombre más bueno del mundo. El hombre que se ocupó de mí cuando toda la sangre de mi sangre había sido derramada por el suelo de una casucha sucia y vetusta. Fue él que me vio entrar en su finca en mi caballo, casi en cueros y me llamó a su presencia. Y me ofreció su bondad. Don Pablo Escobar, el hombre más bueno que conoció la tierra.

Pienso en Morelia y vuelvo a esos tiempos. Y vuelvo a ser ese niño que cabalgaba. Y vuelvo a ser ese muchacho que cuidó de los animales, que entrenó los caballos, que alimentó los camellos. Vuelvo a ser el tipo que alimentaba con carne humana a los cocodrilos y las hienas. Vuelvo a ser el que soy, el que siempre fui. El hijo de la desgracia propia y ajena. Por qué, Morelia. Por qué tus ojos me traen de vuelta a mí. Me vuelven a todo.

Sábado. No sé cuántos días llevo en cama. Sin comer. Hoy me puse en pie por primera vez. Ella me dio fuerzas. No he dormido nada. Sólo he estado solo, tirado, desnudo. Respondiendo con berridos a los llamados de Peón. Quería decir estoy vivo, Peón, pero no pude. Ahora, recién ahora vuelvo a estarlo. Recibí un mail suyo. ¿Quién le habrá dado mi correo? Claro que Piñera. Dice que vuelve mañana. Tengo que ponerme en marcha. Tengo que romper con todo y sacar fuerzas. ¿Pactar con natura?

Miércoles. Até las patas de Mustafá. Necesito regular sus pasos. Necesito que camine mejor. Perdí un buen tiempo acostado en esa cama, tragándome mi aire. Ahora hay que recuperarlo. Lo siento por el potro. He tenido que forzarlo mucho, esforzarlo mucho.

Han pasado tres días y ella no ha venido. No sé que habrá sido. Igual sale mejor. Así lo ve perfecto a Mustafá. Si se anima a montarlo…

Viernes. Esta mañana vino Piñera. Él en persona. Me dio instrucciones sobre mi trabajo. No creo que pueda. Dice que mañana viene Morelia. Tengo que llevarla a recorrer la hacienda. Tengo que montarla en el potro. Tengo que hacer que parezca un accidente.

Sábado. Llegó Morelia. He vuelto a soñar con ella. Esta vez hacemos el amor. Ella me dice al oído: Mustafá. Desperté empapado en lágrimas. Quise cortarme las venas. No me dan las fuerzas. Quiero vivir. Quiero que sea con ella.

Lunes. Quisiera quedarme con esta imagen: Ella sostiene las crines como si recibiera una rosa en cada mano. Su sonrisa ilumina la madrugada. El paso del Mustafá la hace ondear, como si flotara sobre una ola en el mar. Sus tetas, paraditas, apuntan el horizonte. La veo de espaldas. Miro las curvas recorrer su cuerpo. Tienen vida.

Respiro el aire de la madrugada. Dulce, frío, libre, callado. La miro rozar sus talones en el costado del potro. La veo avanzar al galope. Ondea su melena. Emerge su figura ante la luz del sol que nace. Ella es una ninfa. Él es un Pegaso.

Miércoles. Todo está listo. La suerte está echada. Escribo en este diario con el pulso de quien teme. Nunca he temido. Sólo pienso en ella. Pienso en sus ojos. Pienso en mí. Pienso en nosotros. En mis piernas descansa el arma de los imprevistos. Creo que esto es un imprevisto.

Esta mañana le dije a Peón que pusiera a Morelia a buen resguardo. Ella se negaba. La convencí. Está escondida en algún sitio. Sabrá dios lo que ha hecho.

Jueves. A las dos de la mañana sentí el primer crujido. Luego noté un movimiento. Fui a la otra ventana y lo mismo: a lo lejos se ven decenas que se acercan. Visten de negro. Tienen capuchas. Portan sus fierros.

Dios rocín y dios pistola. Mi tiempo se termina. Los hombres se acercan. Ya distingo sus formas en la noche. Se cortan sus contornos en el pasto. El pajón, alumbrado por la luna llena no camufla el negro. Estos qué se creen.

Ya se acercan.

Abro el Explorer. Empuño mi arma con la izquierda. Acceso.

El primer bramido se escuchó por los lados de la barranca. Los habitantes ya estaban avisados. Varios llamados de alerta a los soldados del lugar habían sido emitidos durante la semana. El poblado se convirtió en una turba en vigilia. Todos alerta. Todos a la espera de la aparición. Sonó un segundo rugido e inició la cacería.

Dos campesinos despertaron al cabo. Luego los tres fueron casa por casa. Al llegar al lugar ya se veían las siluetas, lejanas, de los hombres al acecho. Fue como volver a los inicios. Todos los hombres empeñados, unidos en la tarea titánica. Todos. Un puñado de adolescentes tiraron un lazo al cuello de la bestia. La soga se quebró en el primer cabezazo. Luego lanzaron palos, piedras, puñales. El animal se internó en la cañada. Agitó su pesado cuerpo y huyó.

Desde el camino, el cabo, los vecinos y tres soldados, escucharon los bruscos movimientos del animal. Siguieron con el oído su paso y decidieron tenderle una emboscada. Lo esperaron en el cruce. Desde el puente dispararon a mansalva.

En animal intentó salir del agua. Nadó hasta la orilla y se arrastró por los pajonales. Quedó una estela. Una pasta de lodo y sangre. Puerto Triunfo, un poblado de pescadores olvidado por el mundo tuvo su minuto de fama. Por una noche el pueblo fue feliz.

Mustafá relincha, está inquieto. Corre a todo lo largo de la verja. Ya vienen. Espero… Confío en natura. Me confío… Todo. Todo es un todo.

Buenos Aires, marzo 2010

 

Taller de iniciación a la escritura creativa

Inscripciones abiertas. Cupo limitado.

 

Este artículo…

A mi me gustó mucho: Nunca serás abandonado.

Viene…

Knock-out: narrativa fulminante

Taller de iniciación a la escritura creativa

A cargo de Josecarlos Nazario

Estrategias y técnicas narrativas. Experiencias e impresiones a través del estudio del diario, la crónica, el retrato, la biografía y otros artificios para la incorporación de nuevas herramientas. Acercamiento a autores y lecturas que funcionen como disparadores. Trabajo con textos propios, en cumplimiento de consignas prácticas, semanalmente. Exploración de las visiones de los cuentos europeos, norteamericanos, latinoamericanos y asiáticos, en busca de descubrir nuevos procedimientos y destrezas.

•Ejercicios para el estímulo creativo y la gestación de ficciones.

• Trabajo sobre el verosímil: cómo mentir correctamente.

• Unidad de tono, registro y tensión.

• Nichos de tensión (crescendo, clímax, epílogo).

• Hilos conductores y núcleos.

• Primera y segunda historia (Lo más importante a la hora de narrar).

• Ritmo: puntuación, música en las letras.

• El punto de vista.

• La construcción de un personaje: singularidad, carnadura, profundidad.

• Narrar no es explicar.

• Mostrar y esconder como claves del suspenso.

14 sesiones, 3 meses, 2 horas semanales.

Días: martes ó jueves (7 a 9 p.m.).

Costo: RD $2,000 pesos mensuales.

Inscripciones: 829-642-9417

naiboaespacionarrativo@gmail.com

E(z)ra poesía

Mi padre me manda este artículo de Manuel Vicent sobre el poeta que fue genio y loco. Aquí les dejo un poema suyo (de Ezra Pound).

Desván

Ven, apiadémonos de los que tienen más fortuna que nosotros.
Ven, amiga, y recuerda
que los ricos tienen mayordomos en vez de amigos,
y nosotros tenemos amigos en vez de mayordomos.
Ven, apiadémonos de los casados y de los solteros.


La aurora entra con sus pies diminutos
como una dorada Pavlova,
y yo estoy cerca de mi deseo.
Nada hay en la vida que sea mejor
que esta hora de limpia frescura,
la hora de despertarnos juntos.

El bueno, el escritor de e-books y el feo

Interesante: El crecimiento de los e-books permite brechas para publicar de modo alternativo. ¿Es malo todo escritor rechazado por las editoriales? Aquí les dejo una nota de la Revista Ñ.