Todo era nuevo. Todo era asombro en el momento en que creí haber perdido la capacidad. Esa tendencia absurda de los bípedos alados, de encontrar extrañas las cosas más normales, había vuelto. Y yo la alimentaba en semáforos y gestos. No me reconocía ya en esos hombres que asediaban mi costumbre y que eran más míos, por los años, que los del sur del que volvía. Entonces, un chat me conectó de nuevo con una parte abandonada. El amigo heredado y con tan pocas cosas comunes en el origen estaba online.

Nos llamamos, acordamos encontrarnos en la noche. Fuimos a un bar bohemio que hoy es pop, jevito. Allí conversamos todos los diálogos y monólogos perdidos en mi ausencia. Pero él era él, y yo no. Era más él que todos porque lo vi cercano a la muerte, que es nuestro verdadero yo. Caminaba despacio, arrastrando las suelas y el alma en las suelas. Su mirada se perdía a veces, pero su voz seguía blandiendo el cuchillo de la vida.

Nos fuimos de la mesa para alejarnos del barullo y seguimos hablando, de libros, de música, de muertos, de todo. Pero algo me iba diciendo que ese Rubén se moría. Por primera vez sentí que un amigo, que no era tan mío, pero sí, se iba. Y al salir él, la espalda corva, le dije adiós con una mano invisible que tengo en el diafragma.

Ese encuentro me dio un golpe en la cocina. Me hizo pensar en mis cosas, en la inminencia de mi partida. Si no me largo, me echaré a perder, me dije, y a otros también se lo dije.

No se si me equivoco, pero ese, Rubén, no es mi espejo. Es el espejo de un monstruo capaz de comerse a sí mismo y vomitarse nuevo. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. A él le basta con un poco de alcohol para moverle el mundo a cualquiera y hacer llover hambre de saber, hambre de poder querer.

Ayer vino a mi casa y era otro. Ya no me llevaba a aquel final de Kerouac en el que Dean Moriarty desaparece entre la bruma de la noche dejando en el pecho un yunque de melancolía. Vivo: trajo música. Trajo cultura y me puso a escribir de nuevo.

Como pago le regalé un libro y le presté, con la obligación indisoluble de devolverlo, los cuentos reunidos de Felisberto Hernández. Ahí, creo, estoy saldando por haberme enseñado que no hay vida sin Davis ni Coltrane. Que no importan sus hábitos ni sus vainas. Que un Kind of blue sostiene el mundo cuando uno no encaja y que vivir es toda esa mierda y más.

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