Apuntes sobre la mirada poética del dios.

Por Josecarlos Nazario

“Me enamoraba de las palabras, pero sabía que detrás del encantamiento, del lenguaje y el ritmo había algo más: una búsqueda del sentido, un camino del conocimiento y auto-transformación, un mundo espiritual.”

Graciela Maturo

“(…) formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.”

Génesis

El arte es la última esperanza para su propia supervivencia. Es el único indicio irrefutable de la existencia divina. Actualmente vivimos tiempos agitados en los que la rapidez de los días abrasa nuestros pocos empujes existenciales y los reduce a cenizas de consumo. La furia comercial nos lleva de lugar en lugar dejando muy poco espacio a los sueños, a las manifestaciones internas y externas de lo hermoso por lo hermoso mismo. Nos han robado las armas y el terreno a tal punto que hoy, la belleza del cuerpo humano es objeto de esa pretensión lúdica y planificada de atracción hacia el mercado. Sin embargo, hay alternativas para la resistencia. Una de las vías y no la menos importante es la mirada poética. Aquella que puede ser asumida como una forma de elusión o incluso como una oposición activa y militante contra la dictadura de lo cotidiano, contra la imposición.

La mirada poética es aquella que nos transporta a espacios que se encuentran en algún lugar de lo que los científicos denominan cerebro de ese incansable peregrino: el dios. Es ese viaje evocativo del que podemos partir siempre que nos lo propongamos y que muchos desarrollan para crear, para determinar, como demiurgos, nuevas formas de las preexistentes. Así, de la descomposición de imágenes preestablecidas (ideas, en lenguaje platónico) llegamos a conclusiones complementarias o disociativas que de alguna forma adquieren un sentido alternativo. Es el caso del ejemplo de Pablo Picasso que al encontrar en un vertedero los inútiles pedazos de una bicicleta, completa las formas y logra armar una figura vacuna de la unión del timón y el sillín.

La construcción (si esta palabra no se torna demasiado pesada para su objetivo) a partir de ideas puertos para iniciar viajes hacia lo indeterminado, hacia lo desconocido, se refugia en esa mirada. De ella surge lo hermoso y lo feo, lo absurdo y lo lógico. Pero lo curioso no es el resultado, sino el viaje, el éxodo evocativo y asistémico que puede (des)armar paraísos de infiernos y viceversa.

La búsqueda de un sentido totalmente inexistente en el lenguaje, sin proponérselo, hace al escritor concebir su obra a través de dicha mirada, al pintor, al creador en general.

La mirada poética parte de una poética de la mirada. Es decir, que crea, fluye a partir de percepciones preconcebidas y encuentra vehículo en la búsqueda. Son diversos los factores que los estudiosos atribuyen a este fenómeno. Los mismos van desde la compleción de preconcepciones incompletas, hasta simples aventuras lúdicas. No creemos que exista una realidad concreta e irrefutable que pueda definir y designar la mirada poética. De ser así, la misma dejaría de ser mirada, pero sobre todo perdería la poesía, que viene del griego crear y que no acepta, por su espíritu libérrimo, encasillamiento alguno.

Asumamos pues la mirada poética, como el soplo inexplicable (pero existente) de las cosas. Comparémosla, con el espíritu creador que afirman los creyentes: ese misterio, ese aliento divino que el escritor de este cuento que llamamos vida nunca quiso rebelarnos.

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